27 ago 2008

Crónicas de una bipolar

La ruleta comenzó a dar vueltas impulsada por la adolescencia, la vida se te empieza a resquebrajar a los trece años.
Siempre fuiste una niña hiperactiva, pero un día se te sale de las manos, y cuando te das cuenta estas casada a los quince años con un tipejo, dejando de ser tú. Poco a poco vas perdiendo ese peso que te hace conservar los pies en el piso, vuelas, haces lo que se te antoja porque te sientes capaz de resolver cualquier problema y no puedes evitar seguir tus impulsos.
Las cosas se van poniendo peor cuando al poco tiempo y antes de ser mayor de edad eres huérfana y divorciada. Te vas de tu casa y vives de tu desnudez, modelando en una academia de pintura. Tu vida parece idílica, eres independiente y andas en la bohemia, pero la tristeza irrumpe tu vida y sin saber por qué, empiezas asentirte inútil y miserable, intentas suicidarte. Te pierdes, y te conviertes en una adicta, te gustan los ácidos y te fugas a la playa de los muertos sin saber si regresas, buscas escaparte de todo y empezar una nueva vida, crees que lo has encontrado todo en el alucine y estás segura que los psicoactivos son la llave de la verdad.
Te das contra la pared y regresas a tu ombligo. Lo pierdes todo y entonces sí, vives para no vivir, tu mente se vuelve ausente y ajena del mundo, estás en otro sitio, y no quieres ni puedes entender que estás enterrada.
Un día abres los ojos y le hablas a tu madre, estás sola y devastada, ella te abraza y te lleva con un doctor. Al principio temes, todo mundo habla mal de los psiquiatras, pero sabes que es la única forma de recuperar tu vida en plena juventud. Confías y vas. Te diagnostican un transtorno y te piden que dejes las drogas. Lo intentas, te esfuerzas, lo consigues, pero al principio te tomas todo como un receso. Planeas el día de la huida.... 
Empieza a llegar la claridad, las píldoras no te embrutecen y si te hacen sentir bien, decides y te das cuenta que tu vida no tiene que ser sórdida. Las drogas no regresan porque ya no las quieres. Descubriste la belleza de tu sobriedad. Al principio justificas todos tus actos anteriores con tu enfermedad y te sientes feliz de tener locura que presumir, pero luego temes, porque descubres que el peor enemigo que tienes eres tú, que siempre eres tu asesino potencial, a eso te empuja de muchas formas formas esta enfermedad. Entonces comienza la lucha por vivir y por no permitir que le gane a la parte sana de tu conciencia, a la que te deja hablar ahora. 
Luchas todos los días contra ti misma, te desesperas y a veces lloras, pero te das cuenta que tienes un motivo para estar bien, y sigues en esta lucha diaria contigo misma, pero cada día de esfuerzo te da ventaja y te haces fuerte.